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Los principios de Sacheri para escribir

Últimamente estoy escribiendo. Y desarrollo la idea porque escribo desde los cuatro años, pero también escribo desde los quince, desde los veintialgo y, por último, desde los treinta y dos. Siempre encontré en la escritura una forma de expresarme, de crear y de hacer arte. Algo que siento profundamente que es una de mis necesidades en la vida. El deseo busca capitalizar eso, pero crear e imaginar, lo que considero la máxima expresión del arte, es una necesidad. Que después haya estudiado como se suponía que tenía que hacer y que trabaje en un trabajo tradicional como se supone que tengo que hacer, es otra cosa. Pero últimamente volví a la escritura como una forma de terapia. El Mundial de Escritura de Santiago Llach fue una sugerencia de mi terapeuta con quien estuve los primeros dos años tratando de digerir el suicidio de mi mejor amigo, con quien alguna vez quisimos escribir juntos. No recuerdo si la sugerencia fue por eso o para trabajar otras cuestiones que también trato con él, ...

Llorar riendo

El cumpleaños de sesenta de mi vieja fue una noche que iba a recordar toda mi vida, pero me enteré unos días más tarde. Lo hicimos en la casa de mis viejos y vinieron los de siempre; mi abuela, la prima de mi vieja, la prima de mi viejo, mis tíos, mis primos, mi hermano con la novia, mi novia y los hermanos adoptivos. Le decíamos hermanos adoptivos a tres o cuatro personajes que tanto mi hermano como yo teníamos de amigos hacía mucho tiempo y que con el tiempo pasaron a ser parte del mobiliario de la familia. Como mi casa siempre fue una especie de cuartel general, pasábamos todos mucho tiempo ahí, tanto que llegó un punto en el que, si uno se quería ir a dormir, el otro tenía total libertad de manejarse como quisiera. Oscar se pasaba horas hablando con mi viejo, incluso cuando habíamos terminado de comer y después de que mi hermano y yo nos fuéramos a dormir; Ariel hacía de las sobremesas siempre un debate interesantísimo; y Fran hablaba con mis viejos hasta que mi vieja le daba el ul...

Silencio

Pocos silencios son tan duros como el llega después de que se va una mascota, porque no es un silencio de paz, es un silencio filoso, pesado, que te ahueca el corazón con cada eco que no debería haber existido nunca. Incluso cuando el perro, o el gato si usted prefiere, está durmiendo, sin roncar ni moverse, absorbe el silencio, o más bien lo transforma, ahora sí, en un silencio de paz. Porque ya no existe el vacío, algo en esa presencia llena el aire. Unas patitas, una mínima respiración o el ruido de unos dientes contra una pelota de tenis destruida por los años pero que no tiramos porque sigue siendo el juguete favorito de ese maravilloso  concubino peludo alcanza para ponerle una perimetral a la soledad. Ahora bien, cuando le toca partir, se lleva con él todo ese poder de exorcismo y a nosotros no nos queda más que la nada, la gigantesca nada, instalada, atornillada, en el living, en la cocina, en el baño o en todo si es un monoambiente, e incluso también si no lo es. Ni hable...

El paseador de perros chuecos

Por el barrio de Saavedra, uno puede encontrar a Aitor, un vasco de unos sesenta y largos años que pasea perros desde que Saavedra tiene memoria. Aun así, lo más probable es que al mencionar su nombre, pocos lo ubiquen, y esto es porque en el barrio, casi todos lo conocen como “el paseador”. Hay una cierta entonación en la voz cuando uno lo dice, muy particular y tácita, que es lo que hace que alcance para diferenciarlo de cualquier otro paseador. Nadie te enseña a decirlo, nadie más que el barrio y el tiempo. Como decía, Aitor está hace tanto tiempo en la zona que parece que estuviera suspendido en él. Hoy su pelo es considerablemente más canoso que cuando llegó, pero lo sigue usando largo y atado en una cola de caballo. La barba, que sí es nueva, hace juego en una mezcla de plateado y blanco y es raro verla desprolija. Por lo demás, se mantiene flaco, sonriente y callado. En invierno se lo puede ver con jean y unas zapatillas que dejaron de venderse muchos años atrás cuando cerró l...

Herencia

  Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono.     — ¿Hola?   — Se murió.   — Me estás jodiendo.    — No, boludo. Se murió. Te veo allá.   — Pero la puta madre. Dale, ahí salgo.     Edgardo estacionó a tres cuadras del hospital y empezó a caminar mientras puteaba a todo el barrio de Almagro. Cuando llegó, subió directo al segundo piso en donde ya lo esperaba Raúl.     — ¿Y?   — Están con los papeles, no sé. Dicen que en un rato salen a hablar.   — ¿Qué le pasó?   — No sé, me llamó una con voz de pendeja y no le d i mucha bola. Algo del corazón, pero no sé.   — Qué puntería. Ya había armado todo y hasta tenía el escribano para mañana.   — ¿Y no hay forma de sacarla de la sucesión?   — Y…no.   — Qué hija de puta.     Fueron hasta una máquina de café al final del pasillo y marcaron dos cortados con gusto a nada. Raúl puteaba, Edgardo revolvía el café en silencio y asentía cada tan...